
Durante años fui suya.
No su pareja. No su amor.
Su amante. Su Gamma. Su sombra en la noche.
El alfa Calhoun se encargó de que ningún hombre se atreviera a tocarme y de que ningún lobo osara siquiera mirarme. Yo era su posesión, su secreto, su pecado hecho carne. Y lo soporté todo: sus manos ásperas, su devoción oscura, sus besos con sabor a fuego y cadenas… porque, al menos durante un tiempo, él también fue mío.
Hasta que ella volvió.
Su pareja destinada. Su supuesto amor verdadero.
Y, de un día para otro, dejé de ser alguien. Me apartó, me obligó a callar y me dejó consumirme a la sombra de un amor que, en realidad, nunca me había pertenecido.
Pero eso es lo que pasa cuando un hombre como Calhoun te marca como suya…
que nunca termina de soltarte.
Lo que él no sabía entonces era que yo ya tenía un pie fuera de la puerta.
Y cuando por fin abandoné su manada, me llevé conmigo mucho más que un corazón roto.