
Su madre, una celebridad de cuarta categoría tan deslumbrante como venida a menos, vivía entre escándalos interminables y el desprecio público. Apenas si lograba salir adelante, pero aun así crió a Lily Chambers para que fuera una niña rellenita, de mejillas sonrosadas e irresistiblemente dulce.
La gente murmuraba que nadie quería a Lily Chambers, que nadie la quería de verdad.
Todos daban por hecho que aquella “don nadie” estaba condenada.
“¡Mi niña! ¡Llegó el abuelo!”
El Abuelo Más Rico le soltó un manotazo al instante: “¡Esta es la única y verdadera joya de la familia Grant, la luz de nuestros ojos, nuestra pequeña ancestral! ¿Cómo te atreves siquiera a pensar en tocarla?”
Desde que Lily Chambers regresó a la familia Grant, la suerte de todos cambió de la noche a la mañana.
Incluso ese legendario “padre frío y sin emociones”, a quien le habían dado “solo tres meses de vida”, milagrosamente se levantó de la cama al tercer día de que Lily se quedara a su lado, completamente recuperado y rebosante de energía.
A partir de entonces, el distante magnate, que jamás había mostrado interés por ninguna mujer, despertó de golpe al amor… y emprendió una persecución total y sin reservas de su esposa.