
Audrey Lawrence había invertido siete años de pasión en amar a Evan Robinson
Había intentado de todo —intimidad, remedios caseros, fecundación in vitro, cirugías— solo para poder darle un hijo
Y aun así, él hacía que los sirvientes mezclaran anticonceptivos en el tónico que ella tomaba después de estar juntos, arrebatándole con frialdad su derecho a ser madre
Cuando volvió a abrir los ojos, se encontró de nuevo frente al incendio de hacía siete años
Vio a su entonces esposo cargar entre brazos a su primer amor, sacándola de las llamas sin mirar atrás, dejándola allí para asfixiarse entre el humo
Lo comprendió todo: él también había renacido
Y esta vez, aun sabiendo lo que ella había sufrido, volvió a escoger a su “luz blanca de luna”
Audrey se negó a aferrarse de nuevo
Cuando Evan Robinson se presentó para romper su compromiso por la mujer que amaba, ella se dio la vuelta y, sin pensarlo demasiado, se casó con el primo de su mejor amiga: Brandon Reed, el bombero que la había rescatado de las llamas
Ancho de hombros, cintura estrecha, una estatura imponente: el hombre desprendía una fuerza irresistible. El día de la boda, le entregó su tarjeta de salario sin la menor duda
Evan creyó que todo era un arrebato de despecho
“Audrey Lawrence, aunque te cases con un bombero para molestarme, no voy a volver la vista atrás.”
Pero más tarde descubrió que…
La Audrey Lawrence a quien había despreciado ahora brillaba con luz propia en las cumbres internacionales de inteligencia artificial
El bombero al que él había menospreciado era muchísimo más de lo que aparentaba…
Y la mujer que en su vida pasada luchó siete años contra la infertilidad… esta vez no solo le había dado al bombero un par de hermosos mellizos, sino que además llevaba otro bebé en camino
Quebrado al fin, Evan se desplomó de rodillas frente a Audrey, la voz deshecha por el arrepentimiento:
“Audrey… ¡nosotros éramos quienes deberíamos haber tenido hijos!”