
«Dónale un riñón y te dejaré salir de la cárcel.»
«¡Ni pensarlo! Soy tu prometida, ¿cómo puedes tratarme con tanta crueldad?»
«No tienes opción. Le debes una vida.»
Madeleine había sido la adorada hija de la familia Landry, criada entre mimos y el cariño incondicional de sus padres y su hermano mayor
Pero de un día para otro, la verdad salió a la luz: no era más que la hija de la empleada doméstica. Y la verdadera hija, Abigail, era la muchacha desdichada a quien la empleada le había robado la identidad.
Así, Madeleine se convirtió en la burla de toda la ciudad, una figura despreciada por todos.
Su prometido, Clinton, la detestaba profundamente. Incluso cuando fue incriminada y terminó en prisión, él la obligó a donar un riñón para salvar a Abigail. Trágicamente, Madeleine murió durante la operación.
Contra todo pronóstico, Madeleine regresó cinco años después… y traía consigo a un niño de cinco años.
Cuando Clinton estaba a punto de rogarle perdón, su hermano mayor, Beckett Beach, lo detuvo y dijo:
«Aléjate, Clinton. Ella ahora es mi esposa.»