
Amelia Bennett acababa de cumplir dieciocho años cuando su maestro la echó de la montaña, diciendo que ya era hora de que “ganara experiencia en el mundo real”. Lo que no imaginaba era que, al bajar, su primera parada sería la estación de policía. Un momento los oficiales le estaban dando un sermón sobre sentido común y, al siguiente, ya estaban cuestionando todo lo que creían saber.
Su segunda clienta resultó ser su hermano mayor, perdido desde hacía años. Amelia ya se estaba preparando mentalmente para otro vividor que intentaría zafarse de pagarle, cuando de pronto la llevaron directo a la mansión de los Bennett.
Al ver a la impresionante pero falsa heredera, Amelia no dudó ni un segundo.
“¡Guau, hermana, estás preciosa! ¿Te puedo abrazar?”
Lo que pudo haber terminado en una batalla explosiva entre la heredera verdadera y la impostora, Amelia lo desactivó sin esfuerzo. Aún mejor: la hermosa hermana mayor le dio la idea de abrir un canal de transmisiones en vivo para leer la fortuna.
“Oye, streamer, ¿mi novio me está engañando?”
Amelia: “No solo te engaña… también es gay.”
“Streamer, este amuleto budista que compré en el extranjero, ¿es auténtico?”
Amelia: “Auténtico sí es… auténticamente maldito.”
“Streamer, mi hermana está desaparecida. ¿Puedes ayudarme a encontrarla?”
Amelia: “Revisa el congelador del almacén. Ah, y por cierto, ahora mismo la tienes sentada en el hombro.”
Justo cuando la carrera de Amelia como streamer empezaba a despegar, ella y su bellísima hermana fueron invitadas a un programa de variedades. Pero para su furia, ¡hubo quienes se atrevieron a molestar a su hermana!
Al ídolo famoso que no dejaba de presumir que “estaba soltero”:
“¡Don Juan de pacotilla! ¡Aléjate de mi hermana!”
A la mujer intrigante que no paraba de causar problemas:
“¡Robahogares! ¡Y encima tienes un hijo secreto!”
Al modelo insistente que no dejaba de fastidiar a su hermana:
“¡Hazte a un lado, que tu sugar mommy se va a enojar!”